A pesar de los progresos en el conocimiento y abordaje de la enfermedad de Fabry en los últimos, persisten importantes desafíos que condicionan el pronóstico y la calidad de vida de los pacientes. Con motivo del mes de concienciación de esta patología rara, que se conmemora cada año en abril, entrevistamos a la Dra. Roser Torra, presidenta de la Asociación Renal Europea (ERA), jefa de Nefrología Clínica y Coordinadora de la Unidad de Enfermedades Renales Hereditarias del Departamento de Nefrología de la Fundació Puigvert de Barcelona.
La enfermedad de Fabry continúa siendo, en palabras de la Dra. Torra, una patología de elevada complejidad clínica y organizativa. Se trata de una enfermedad genética rara, ligada al cromosoma X y caracterizada por un trastorno de depósito lisosomal que afecta de manera sistémica al organismo. “Afecta a todo el cuerpo, pero con especial impacto en órganos clave como el corazón, el riñón y el cerebro”, apunta la doctora, una de las mayores expertas a nivel nacional en esta patología.
Sin embargo, su manifestación clínica va mucho más allá de estos sistemas principales. Dolor neuropático, alteraciones cutáneas, oculares y otras manifestaciones multisistémicas contribuyen a configurar un cuadro clínico amplio y, en muchas ocasiones, difícil de identificar de forma precoz. “Esta diversidad sintomática constituye uno de los primeros grandes desafíos en el abordaje de la enfermedad”, detalla.
La especialista subraya, además, que no existe un único perfil de paciente con Fabry. Muy al contrario, insiste en la necesidad de entender la enfermedad como un conjunto de fenotipos diferenciados. “No se puede hablar de ‘el paciente con enfermedad de Fabry’ de forma general”, advierte, destacando que existen diferencias sustanciales entre varones y mujeres, así como entre las formas clásicas y las formas tardías. “Son en realidad cuatro enfermedades distintas”, añade.
El retraso diagnóstico: una barrera persistente
Entre las principales necesidades no cubiertas, el retraso diagnóstico emerge como uno de los problemas más relevantes. A pesar de que el conocimiento de la enfermedad ha aumentado en los últimos años, especialmente en ámbitos especializados, la Dra. Torra señala que su identificación “sigue siendo compleja en niveles asistenciales más generales”.

Según la experta, este retraso se explica, en gran medida, por el desconocimiento relativo en Atención Primaria, donde resulta difícil mantener un nivel de sospecha suficiente ante una enfermedad poco prevalente. “A nivel de la asistencia primaria, es casi imposible dar a conocer a fondo esta enfermedad”, señala.
A esta dificultad se suma la evolución del propio perfil de los pacientes diagnosticados. En la actualidad, cada vez se identifican más formas tardías de la enfermedad, que no presentan los signos clásicos tradicionalmente asociados a Fabry. “Muchos Fabry que se diagnostican hoy en día son formas tardías y no tienen lo típico de la enfermedad: ni el aspecto, ni las lesiones cutáneas u oftalmológicas”, afirma la doctora.
Estas variantes clínicas, que a menudo debutan con afectación cardíaca, pueden confundirse fácilmente con otras patologías más prevalentes. “Se manifiesta como otras cardiopatías”, indica la Dra. Torra, lo que hace imprescindible que los especialistas —en este caso, cardiólogos— mantengan un alto grado de sospecha diagnóstica.
En este contexto, el diagnóstico definitivo se apoya en pruebas genéticas, aunque en varones también puede establecerse mediante la determinación de la actividad enzimática. No obstante, llegar a este punto sigue siendo, en muchos casos, “un proceso largo y complejo”.
Esta realidad refuerza la importancia del diagnóstico precoz: “Cuanto antes se identifique la enfermedad, mayores serán las probabilidades de intervenir de manera eficaz y preservar la función de los órganos afectados. Sin embargo, este objetivo sigue siendo difícil de alcanzar en la práctica clínica”.
La ausencia de biomarcadores: una limitación estructural
Más allá del diagnóstico y el tratamiento, la Dra. Torra pone el acento en otra gran necesidad no cubierta: la falta de biomarcadores fiables que permitan monitorizar la evolución de la enfermedad y evaluar la respuesta terapéutica.
Para la experta, esta carencia tiene implicaciones profundas tanto en la práctica clínica como en la investigación: “En una enfermedad de progresión lenta como Fabry, la ausencia de indicadores objetivos dificulta enormemente la toma de decisiones”.
Tal y como explica, actualmente la evaluación de la eficacia de los tratamientos se basa en la evolución clínica del paciente, un proceso que requiere largos periodos de observación. “No hay una manera objetiva de ver el efecto de la medicación más que clínicamente cómo evoluciona el paciente. Pero esto requiere años y es complicado”, lamenta.
Por tanto, argumenta que la identificación de biomarcadores robustos permitiría “no solo mejorar el seguimiento clínico, sino también acelerar el desarrollo de nuevas terapias y optimizar el diseño de estudios clínicos”.

Un abordaje necesariamente multidisciplinar
La complejidad de la enfermedad de Fabry requiere un enfoque asistencial coordinado y multidisciplinar. En la mayoría de los casos, el manejo del paciente implica la participación de múltiples especialidades, entre ellas Nefrología, Cardiología, Neurología, Dermatología y Oftalmología.
“El abordaje es multidisciplinar”, confirma la Dra. Torra, aunque matiza que en algunas formas tardías con afectación predominantemente cardíaca el seguimiento puede recaer principalmente en el cardiólogo.
En este contexto, las unidades especializadas adquieren un papel clave. Sin embargo, la experta apunta que en España persisten desafíos organizativos que limitan su “funcionamiento óptimo”.
A nivel nacional, la experta reconoce que existen centros con mayor experiencia en el manejo de la enfermedad, pero señala que esta especialización no está formalmente reconocida ni regulada: “Sabemos que hay centros más expertos que otros, pero la ausencia de un marco normativo dificulta la derivación estructurada de pacientes”.
“Al no estar regulado y no estar reconocido, no se pueden derivar formalmente pacientes de una comunidad autónoma a otra”, continúa la doctora. Esta situación, a su juicio, genera “inequidades en el acceso a la atención especializada y puede impactar en la calidad del manejo clínico”.
Innovación tecnológica: una oportunidad de mejora
Frente a estos retos, la innovación tecnológica se perfila como una herramienta con gran potencial para mejorar el diagnóstico y el manejo de la enfermedad de Fabry. La Dra. Torra destaca especialmente el uso de inteligencia artificial aplicada a las enfermedades renales hereditarias.
En la Fundació Puigvert, se están desarrollando proyectos que utilizan procesamiento del lenguaje natural para analizar historias clínicas electrónicas e identificar casos no diagnosticados. El objetivo es detectar patrones clínicos que puedan pasar desapercibidos en la práctica habitual.
Asimismo, menciona el desarrollo de herramientas de ‘machine learning’ basadas en bases de datos refinadas y curadas específicamente para reflejar la realidad clínica de la enfermedad. En este sentido, advierte de que las bases de datos actuales sobre la patología presentan limitaciones importantes: “Por ejemplo, los síntomas y signos atribuidos a la enfermedad de Fabry realmente no reflejan la realidad ni diferencian en las formas clásicas de las formas tardías”.
Otro ámbito innovador es el uso de pacientes sintéticos, una estrategia que permite superar la limitación inherente a las enfermedades raras: el reducido número de casos disponibles. “En enfermedades raras nunca tendrás miles y miles de pacientes. Por eso estas herramientas son tan útiles, ya que permiten generar datos simulados útiles para investigación”, concluye la doctora.