Más de 550 enfermedades distintas, manifestaciones clínicas muy diversas y un impacto que va mucho más allá de las infecciones. Las inmunodeficiencias primarias (IDP) representan uno de los grandes retos en el ámbito de las enfermedades raras.
Con motivo de la Semana Mundial de las Inmunodeficiencias Primarias, desde AELMHU hemos entrevistado a Pere Soler Palacín, jefe del Servicio de Pediatría del Hospital Universitario Vall d’Hebron y presidente de la Barcelona PID Foundation, para analizar los principales desafíos en el abordaje de estas patologías.
Las IDP, también conocidas como errores congénitos de la inmunidad, no constituyen una única enfermedad, sino un conjunto muy amplio y heterogéneo de patologías. “Actualmente se conocen más de 550 distintas, agrupadas en diez grandes categorías”, explica Soler.
El espectro clínico es muy amplio. Puede ir desde formas leves hasta cuadros potencialmente mortales en los primeros meses de vida. El experto pone como ejemplo el déficit de IgA, relativamente frecuente (puede afectar aproximadamente a una de cada 500 personas) y que en muchos casos es incluso asintomático.
En el extremo opuesto se encuentra la inmunodeficiencia combinada grave, conocida popularmente como el caso del ‘niño burbuja’, en los que “es vital diagnosticarla precozmente antes de los 6-12 meses”.
Todas estas enfermedades tienen un origen genético y afectan al funcionamiento del sistema inmunitario, lo que explica que puedan manifestarse en múltiples órganos: “Como el sistema inmune está en todo el organismo, puede dar manifestaciones de todo tipo: cutáneas, sanguíneas, neurológicas…”.
Mucho más que infecciones
Tradicionalmente, las inmunodeficiencias primarias se han asociado sobre todo a infecciones recurrentes. Sin embargo, el Dr. Soler advierte de que este enfoque es incompleto.
“El sistema inmune hace dos cosas muy importantes: regular que lo de dentro funcione bien y evitar que lo de fuera nos ataque”, resume. Por ello, aunque es cierto que los pacientes tienen mayor riesgo de infecciones recurrentes, graves u oportunistas, las alteraciones del sistema inmunitario también pueden provocar otros problemas.
“Sabemos que estos pacientes tienen más riesgo cáncer, más riesgo de autoinmunidad, más riesgo de inflamación, más riesgo de alergia…”, enumera. En consecuencia, el espectro clínico es mucho más amplio de lo que tradicionalmente se ha considerado.
Enfermedades pediátricas… pero también de adultos

Históricamente, las inmunodeficiencias primarias se han considerado enfermedades pediátricas. Según el Dr. Soler, esto se debía a dos factores: la gravedad de algunas formas en la infancia y la ausencia de tratamientos efectivos.
“Hoy en día, son patologías compartidas con los adultos”, afirma. En el Hospital Vall d’Hebron, por ejemplo, se sigue a cerca de 1.500 pacientes con inmunodeficiencias, de los cuales “algo más de la mitad ya son adultos”.
Esto se debe tanto a que los tratamientos permiten que muchos pacientes lleguen a la edad adulta, como a que algunas inmunodeficiencias pueden debutar más tarde. “Un paciente adulto también puede diagnosticarse en la edad adulta porque nadie haya pensado en ello y llegue con muchas secuelas”, advierte.
La importancia del cribado neonatal
Uno de los grandes avances en este campo ha sido la introducción del cribado neonatal para detectar la inmunodeficiencia combinada grave, que supone alrededor del 10% de los casos de IDP. Este programa permite identificar a los recién nacidos afectados antes de que desarrollen complicaciones.
Al igual que en otras enfermedades raras, el diagnóstico precoz es clave para el abordaje de estas patologías: “Si se diagnostican precozmente mediante cribado y reciben tratamiento alrededor de los tres meses, tienen una supervivencia que ronda el 95%”. En cambio, cuando el diagnóstico se produce tras la aparición de complicaciones, la supervivencia puede situarse entre el 40 y el 60%.
Pese a esta evidencia, el Dr. Soler lamenta que el despliegue del cribado neonatal en España ha sido desigual. Cataluña lo introdujo en 2017 y, posteriormente, lo han incorporado otras comunidades. Aunque desde 2025 está incluido en la Cartera de Servicios Comunes del Sistema Nacional de Salud (SNS), su aplicación aún no es homogénea en toda España. “Es una inequidad que no tiene sentido porque realmente es coste-efectivo”, afirma.
El reto del diagnóstico
Para el resto de las inmunodeficiencias, que representan cerca del 90% de los casos, el diagnóstico sigue dependiendo en gran medida de la sospecha clínica. Existen una serie de signos de alerta que pueden orientar a los profesionales sanitarios.
Entre las señales más relevantes, se encuentran las infecciones repetitivas que no se resuelven adecuadamente o causadas por microorganismos poco habituales, pero también determinadas alteraciones autoinmunes, como anemias hemolíticas o plaquetopenias autoinmunes, algunos linfomas o cáncer gástrico en adultos jóvenes.
Inicialmente se definieron diez señales de alarma centradas en infecciones recurrentes. Por eso, actualmente se está trabajando en ampliar estos criterios hasta más de veinte signos de alerta, incorporando manifestaciones relacionadas con autoinmunidad, inflamación o cáncer.
Uno de los principales desafíos en el diagnóstico es que las inmunodeficiencias primarias no afectan a un único órgano ni especialidad médica. “No es como la insuficiencia cardíaca, donde tienes que formar al cardiólogo y al médico de primaria; aquí tienes que formar al hematólogo, al neumólogo, al reumatólogo, a todo el mundo”, apunta el experto.
Para mejorar esta situación, se están explorando, por ejemplo, nuevas herramientas basadas en el análisis de datos clínicos. El objetivo es que los sistemas de historia clínica electrónica puedan detectar automáticamente patrones compatibles con estos signos de alerta y avisar al profesional cuando sea necesario derivar al paciente a una unidad especializada.
¿Cómo es la atención especializada?

España cuenta actualmente con cinco centros de referencia (CSUR) para inmunodeficiencias primarias: dos en Barcelona, dos en Madrid y uno en Sevilla. Para Soler, esta distribución presenta margen de mejora. “Hay una distribución geográfica mejorable”, reconoce, señalando que zonas como el norte del país podrían quedar menos cubiertas.
Además, considera que estos centros están infrautilizados. “El problema de los CSUR es que la población no los conoce y, por tanto, no exige acceder a ellos”, explica. A ello se suma que algunos profesionales sanitarios “tampoco están familiarizados con estos recursos y que los procesos administrativos para derivar pacientes pueden resultar complejos”.
“Deberíamos crear un circuito que realmente beneficiara a los pacientes: realizar el cribado en toda España, pero definir exactamente dónde tiene que haber unidades clínicas de referencia y quién tiene que atender y trasplantar a estos pacientes. Esta fragmentación nos lleva a peores resultados clínicos y deberíamos luchar contra eso”, resume el Dr. Soler.
Investigación internacional y colaboración científica
Dada la baja prevalencia de muchas de estas enfermedades, la investigación en inmunodeficiencias primarias se basa en una intensa colaboración internacional.
“Cada una de ellas es extremadamente infrecuente, con lo cual la investigación individual no tiene ningún sentido”, afirma Soler. Por ello, los equipos clínicos y científicos trabajan en redes internacionales en las que comparten datos, muestras y resultados.
“Hay una sensación de trabajo en equipo a nivel internacional muy potente”, destaca, señalando que es habitual mantener reuniones con equipos de distintos países para analizar casos o desarrollar proyectos conjuntos.
El papel de la sociedad civil
Además de su actividad clínica, Soler preside la Barcelona PID Foundation, una entidad creada en 2014 por un grupo de profesionales dedicados a la atención de pacientes pediátricos con IDP y familiares de pacientes.
“Lo que pretendemos es completar aquello a lo que el sistema sanitario público puede no llegar”, detalla. Entre sus actividades, se incluyen el apoyo psicológico a pacientes y familias, la promoción de la investigación, la financiación de proyectos o la ayuda a pacientes que necesitan desplazarse al extranjero para recibir tratamientos.
En su opinión, la colaboración público-privada entre sistema sanitario, profesionales, pacientes, industria y sociedad civil resulta especialmente relevante en el ámbito de las enfermedades raras. “La implicación de la sociedad a través de fundaciones o asociaciones contribuye mucho a mejorar la atención y la investigación, especialmente en patologías poco prevalentes donde los recursos son limitados”, concluye.